Dorca trota por las calles sombrías y desalmadas. No recuerda el nombre de la ciudad, si alguna vez lo supo. Es un amasijo más, otro más, de hormigón y asfalto. Un basurero de retorcido metal, cristales rotos y restos humanos desperdigados por doquier. Otro pueblo fantasma donde sólo se escucha el omnipresente gemido del viento y los aullidos de los sabuesos.
Enfila una avenida muy amplia, de anchas aceras adornadas con los tachones quemados de plátanos y olmos. Avanza ligero sorteando coches abandonados. Al cabo de un rato la avenida muere en una gran plaza donde sobrevive milagrosamente un bosquecillo de acacias. Una mancha verde de vida que destaca dolorosamente en este mar plomizo. Suspira y se deleita con la vista. Los ladridos suenan cercanos, a su espalda.
Dorca se detiene y echa una ojeada cargada de odio hacia atrás. Revisa y ajusta los correajes de la mochila, el cinturón y las bandoleras, con la vista ahora fija en el parque. Se lleva la mano derecha al pecho y desenvaina el machete de dos palmos que le viene salvando la vida desde hace tres años. Reanuda su camino y, con precaución, se adentra en el bosquecillo. Sus temores son vanos. sólo le saludan basuras difusas, hojas secas y el cadáver apergaminado de lo que debió ser un niño de unos doce años. Aullidos a su espalda. Están casi encima.
Dorca no quiere esconderse en los edificios. La tarde acabará pronto y teme lo que duerme dentro. Así pues, decide plantar cara en el claro del parque. Se anuda un trapo gastado en la zurda, un escudo burdo pero útil, y espera a pie firme la acometida. Por fin aparecen. Son tres sabuesos negros, enormes, con manchas naranjas y llagas de las que mana abundante pus sanguinolenta.
Adoptan una formación en uve. El que ocupa el extremo derecho salta de inmediato sobre Dorca, buscando su yugular. Este finta a su izquierda, gira sobre sí mismo y descarga un machetazo en arco que secciona el cuello de la bestia, que se desploma en un surtidor de sangre. Casi al mismo tiempo, el sabueso a su izquierda salta sobre su espalda buscando ávido su nuca con los colmillos desmesurados. Dorca rueda sobre sí mismo, hacia adelante, arrojando a su atacante unos metros por delante. Salta hacia la bestia y rueda de nuevo hasta quedar a escasos palmos del perro, que pugna aún por levantarse. Entonces, asiendo el machete con ambas manos, lo clava con todas sus fuerzas en el flanco del animal, hasta la empuñadura. Le responde un aullido estremecedor seguido de temblores y muerte.
Queda el del centro, que dobla en tamaño a sus congéneres infernales. Gruñe y muerde el aire amenazante, emitiendo unos chasquidos estremecedores. Dorca se incorpora, adelanta el pie izquierdo y bascula sobre el derecho, al tiempo que se cubre con la mano izquierda y alza la diestra esperando el ataque final. La bestia aúlla su odio y ataca como un rayo. Cuando casi la tiene encima, Dorca se arrodilla y alancea el pecho de su enemigo con un golpe recto y seco, empalándolo. Dorca y bestia se desploman en un confuso amasijo.
Dorca se levanta dolorido al cabo de unos minutos. Su respiración es agitada, y le tiemblan las manos. Se palpa el cuerpo en busca de heridas, pero sólo tiene magulladuras sin importancia. Propina una patada resentida a su última víctima, y limpia la negra sangre contaminante que tiñe su machete en el lomo de la bestia. Revisa todo su equipo y se pone en marcha de nuevo. La noche se acerca y tiene que encontrar refugio, antes de que ellos despierten y hagan suyas las calles.
(Relato publicado previamente en Debate21)
jueves, 28 de mayo de 2009
miércoles, 20 de mayo de 2009
Tierra Santa
-¡Señor, los vecinos nos atacan!
-¡Menuda novedad! ¿De qué manera?
-Nos han matado varios civiles y secuestrado un par de soldados. Disparan cohetes sobre nuestras ciudades. Tras los ataques, se refugían entre sus civiles.
-Atacaremos, los desarmaremos y venceremos, y rescataremos a nuestros hombres cautivos.
-¡Señor, atacamos pero los terroristas se atrincheran entre sus civiles, en viviendas, escuelas y hospitales, y provocamos bajas indeseadas!
-¿No les avisaron que atacaríamos y que se largaran?
-Si, señor, repetidamente, pero la mayoría no han evacuado la zona. Además, los terroristas se lo impiden.
-Envíen patrullas y peinen la zona. Cacen a esos bastardos con ataques selectivos.
-Señor, debería saberlo: La opinión pública mundial nos llama genocidas. Y parte de la nuestra, los de siempre, también. La del vecino se parte de la risa.
-Mierda, menuda novedad. Cumplan las órdenes.
-¡Señor! Siguen bombardeando nuestras ciudades y matando civiles.
-¿Y qué dice la opinión pública mundial?
-Callan, señor. Entienden que los ataques con cohetes de nuestros vecinos son un acto lúdico-festivo...
-¿y sobre las bajas enemigas?
-Señor, manifestaciones masivas a favor de los terroristas en docenas de ciudades, por todo Occidente, y enérgicas condenas a nuestra nación desde todas las cancillerías.
-Cabrones...
-¡Señor, tenemos muchas bajas!
-¿Y el enemigo?
-Diez por cada uno de los nuestros. Pero nuestra población no soporta tantos muertos. Hay voces discrepantes, derrotistas... abogan por el diálogo y demás mierda suicida.
-¿y en el bando enemigo?
-Cada muerto es reemplazado con tres voluntarios, muchos de ellos niños. Su población los considera mártires. Ya sabe, directos al paraiso, y la familia se cuelga medallas.
-¿Y los payasos de ahí fuera?
-Continúan llorando los muertos enemigos y celebrando los nuestros.
- ...
-¿Señor?
-Ya me ha oido, nos retiramos. Transmita las órdenes.
-¡Señor! ¿me permite una pregunta?
-Dispare.
-¿porqué nos retiramos? Los terroristas están casi derrotados...
-Porque no podemos luchar contra la universalización de la hijoputez humana. Los objetivos tácticos se han cumplido al noventa por ciento. Ya es suficiente, no podemos hacer más. Que las tropas vuelvan a casa.
-¡Menuda novedad! ¿De qué manera?
-Nos han matado varios civiles y secuestrado un par de soldados. Disparan cohetes sobre nuestras ciudades. Tras los ataques, se refugían entre sus civiles.
-Atacaremos, los desarmaremos y venceremos, y rescataremos a nuestros hombres cautivos.
-¡Señor, atacamos pero los terroristas se atrincheran entre sus civiles, en viviendas, escuelas y hospitales, y provocamos bajas indeseadas!
-¿No les avisaron que atacaríamos y que se largaran?
-Si, señor, repetidamente, pero la mayoría no han evacuado la zona. Además, los terroristas se lo impiden.
-Envíen patrullas y peinen la zona. Cacen a esos bastardos con ataques selectivos.
-Señor, debería saberlo: La opinión pública mundial nos llama genocidas. Y parte de la nuestra, los de siempre, también. La del vecino se parte de la risa.
-Mierda, menuda novedad. Cumplan las órdenes.
-¡Señor! Siguen bombardeando nuestras ciudades y matando civiles.
-¿Y qué dice la opinión pública mundial?
-Callan, señor. Entienden que los ataques con cohetes de nuestros vecinos son un acto lúdico-festivo...
-¿y sobre las bajas enemigas?
-Señor, manifestaciones masivas a favor de los terroristas en docenas de ciudades, por todo Occidente, y enérgicas condenas a nuestra nación desde todas las cancillerías.
-Cabrones...
-¡Señor, tenemos muchas bajas!
-¿Y el enemigo?
-Diez por cada uno de los nuestros. Pero nuestra población no soporta tantos muertos. Hay voces discrepantes, derrotistas... abogan por el diálogo y demás mierda suicida.
-¿y en el bando enemigo?
-Cada muerto es reemplazado con tres voluntarios, muchos de ellos niños. Su población los considera mártires. Ya sabe, directos al paraiso, y la familia se cuelga medallas.
-¿Y los payasos de ahí fuera?
-Continúan llorando los muertos enemigos y celebrando los nuestros.
- ...
-¿Señor?
-Ya me ha oido, nos retiramos. Transmita las órdenes.
-¡Señor! ¿me permite una pregunta?
-Dispare.
-¿porqué nos retiramos? Los terroristas están casi derrotados...
-Porque no podemos luchar contra la universalización de la hijoputez humana. Los objetivos tácticos se han cumplido al noventa por ciento. Ya es suficiente, no podemos hacer más. Que las tropas vuelvan a casa.
miércoles, 13 de mayo de 2009
Comando lésbico
En el paso de peatones de Urgell con Rosselló, puede leerse una pintada en la acera que clama, en grandes letras moradas: “Avortament lliure".
A pocos metros de allí, frente al Clínic, en la acera de Rosselló con Villarroel, descubrirán otra pintada en el suelo, esta vez de color malva, que grita: “Avorta! (aqui ha estat una lesbiana)”.
Debe ser obra de dos personas distintas, por los tonos de color diferentes; incluso la caligrafía apresurada delata dos manos autoras, dos lesbianas o dos yo qué sé. Me gustaría saber si han ensuciado más calles de Barna en esta campaña pro-abortista tan “rastrera” y megachupiprogregay.
Menuda militancia más cutre. Con las subvenciones que recibe esta gente, ya podrían gastarse las pelas en algo con cara y ojos, carallo. O en irse al cine, o a tomar viento, y dejar en paz a los bebés...
A pocos metros de allí, frente al Clínic, en la acera de Rosselló con Villarroel, descubrirán otra pintada en el suelo, esta vez de color malva, que grita: “Avorta! (aqui ha estat una lesbiana)”.
Debe ser obra de dos personas distintas, por los tonos de color diferentes; incluso la caligrafía apresurada delata dos manos autoras, dos lesbianas o dos yo qué sé. Me gustaría saber si han ensuciado más calles de Barna en esta campaña pro-abortista tan “rastrera” y megachupiprogregay.
Menuda militancia más cutre. Con las subvenciones que recibe esta gente, ya podrían gastarse las pelas en algo con cara y ojos, carallo. O en irse al cine, o a tomar viento, y dejar en paz a los bebés...
jueves, 30 de abril de 2009
Pinchen en la foto, por favor, para que se haga más grande
miércoles, 29 de abril de 2009
Bilbo vive
Durante muchos años, hasta que la maldita brigada de limpieza municipal lo borró, en un portal de la calle Madrazo de Barcelona se podía ver una pintada muy extraña, que rezaba lo siguiente:
Bilbo is alive
Recuerdo como, de noche y a escondidas, enanos, hobbits y algún montaraz enmascarado se acercaban a la pintada para rendirle un último homenaje, sentido y silencioso, a ese valiente, audaz y arrojado hobbit.
Bilbo is alive
Recuerdo como, de noche y a escondidas, enanos, hobbits y algún montaraz enmascarado se acercaban a la pintada para rendirle un último homenaje, sentido y silencioso, a ese valiente, audaz y arrojado hobbit.
jueves, 2 de octubre de 2008
El oso
Cuando llegué a la esquina con Balmes, me encontré con el follón. Una docena de personas se lo estaba mirando, y me sumé a ellas, todo y tener ciertas prisas. El tipo era rubio, enorme, y parecía borracho. Y daba miedo. Tenía sangre seca en la cara y el cuello, y manchones de sangre oscura en la camisa, que parecía el babero de un caníbal. Parecía hablar en ruso salpicado de español, pero no se le entendía un carajo. Cuatro mossos le rodeaban, a distancia prudencial. Parecían niños pequeños alborotados alrededor de un oso pardo. Intentaban convencerle para que les acompañara a Comisaría, o al Clínico, qué sé yo. Pero el tipo parecía no entender, largó algún insulto en eslavo y agitó amenazadoramente esos brazos como farolas. Los mossos retrocedieron un paso o dos, y pidieron refuerzos por radio. Yo hubiera pedido un tanque o, mejor aún, una compañía de cosacos bien aprovisionada de vodka, para reducirle con cierta elegancia.
Me fijé en los espectadores. Unos miraban con gusto, otros por accidente, pero a todos nos fascinaba esa bestia siberiana que mantenía a raya a los polis. Uno de ellos intentó, una vez más, hacer entrar en razón a la bestia, pero ésta gruñó enseñando los dientes y lo apartó de un manotazo como quien espanta una mosca. Creí entonces que los mossos lo matarían a hostias, y mi estómago calambreó por la descarga de adrenalina. Menudo acojone, pensé, como cabreen al ruso, la que se va a armar. Me vinieron unas ganas terribles de largarme, pero la curiosidad por ver cómo acababa el marrón pudo más. Los policías miraban inquietos al ruso, esperando los refuerzos; y también nos miraban, con prepotencia, a nosotros los mirones. Menudo contraste, pensé, al bueno mano dura, y al malo no lo molestes, joder. Ya estamos con su proverbial chulería, la misma mierda de siempre.
Como que la cosa parecía estancada y se me hacía tarde, finalmente decidí largarme. Además, no tenía ganas de que me cayera un palo por casualidad. Entonces el ruso se puso en marcha. Sin mirar siquiera a los mossos, que se apartaron de un brinco, pasó por su lado, luego por el mío, cruzó la calle lentamente y se metió en un bar. Me quedé helado. La madre, lo va a destrozar, pensé, o la palmará por la trompa si sigue bebiendo. Los policías se consultaron con la mirada, intercambiaron cuatro palabras en voz baja y cruzaron la calle, dirigiéndonos miradas asesinas a los pocos mirones que quedábamos. Con aire resignado entraron en el bar, tras los pasos del oso, hay que joderse, collons, asiendo con fuerza las porras en sus fundas...
Me fijé en los espectadores. Unos miraban con gusto, otros por accidente, pero a todos nos fascinaba esa bestia siberiana que mantenía a raya a los polis. Uno de ellos intentó, una vez más, hacer entrar en razón a la bestia, pero ésta gruñó enseñando los dientes y lo apartó de un manotazo como quien espanta una mosca. Creí entonces que los mossos lo matarían a hostias, y mi estómago calambreó por la descarga de adrenalina. Menudo acojone, pensé, como cabreen al ruso, la que se va a armar. Me vinieron unas ganas terribles de largarme, pero la curiosidad por ver cómo acababa el marrón pudo más. Los policías miraban inquietos al ruso, esperando los refuerzos; y también nos miraban, con prepotencia, a nosotros los mirones. Menudo contraste, pensé, al bueno mano dura, y al malo no lo molestes, joder. Ya estamos con su proverbial chulería, la misma mierda de siempre.
Como que la cosa parecía estancada y se me hacía tarde, finalmente decidí largarme. Además, no tenía ganas de que me cayera un palo por casualidad. Entonces el ruso se puso en marcha. Sin mirar siquiera a los mossos, que se apartaron de un brinco, pasó por su lado, luego por el mío, cruzó la calle lentamente y se metió en un bar. Me quedé helado. La madre, lo va a destrozar, pensé, o la palmará por la trompa si sigue bebiendo. Los policías se consultaron con la mirada, intercambiaron cuatro palabras en voz baja y cruzaron la calle, dirigiéndonos miradas asesinas a los pocos mirones que quedábamos. Con aire resignado entraron en el bar, tras los pasos del oso, hay que joderse, collons, asiendo con fuerza las porras en sus fundas...
Ja tenim equip
Antes de ayer me crucé con él en la calle Valencia, a las cinco de la tarde. En pelota picada en pleno ensanche de Barcelona. Moreno por el sol y la mugre, con un macuto y sus cosillas colgando despreocupadamente. Aspiraba goloso el humo de un cigarrillo, y calzaba chancletas descoloridas. No era el nudista que sale en los medios, barrigón y barbado, sino otro, otro más. Lo malo cunde, y Barcelona es ya la gran cloaca que diseñaron los sociatas en alguna borrachera antigua y monumental en la calle Nicaragua. Sus ojos húmedos inyectados en sangre no expresaban casi nada, sólo vacío, embrutecimiento y evasión. Una viejecita se lo quedó mirando, entre incrédula y temerosa. Parecía que iba a decir algo, pero el miedo le tiñó las mejillas, cambió de sentido y se marchó por donde había venido, muy lentamente.
Llevábamos 45 minutos de espera en hora punta. Las calles vomitaban niños en los colegios y la gente quería trabajar. Cuando subimos al autobús y preguntamos la causa de retraso, el chófer, histérico, nos mandó enviar un email al alcalde. Aún suerte que no nos pegó dos leches, o nos envió a tomar por culo. Dijo, gritaba en realidad, que el alcalde había ordenado reducir el número y frecuencia de los autobuses porque ahora la gente tiene bicis, y los putos carriles para bicis, y no hace falta ya tanto transporte público rodado. Ronco y hastiado nos confiesa que no puede más, que nos quejemos los usuarios, porque ellos no pueden hacer nada, que no les hacen ni caso y tienen miedo.
La cafetera está hasta los topes. Siguen hablando de lo mismo de siempre, Barça y Catalunya, como si nada más importara en el mundo. Nadie nombra al asesinado más reciente. La ETA, esa fuerza de la naturaleza nacionalista, no levanta odios sino envidias. La fascinación por lo vasco y por su violencia es tan evidente, tan generalizada, que casi me hace llorar. Cuando sale el tema finalmente, y uno se lamenta por la sangre asquerosamente derramada, sólo recibe indiferencia y cuatro miradas condescendientes por respuesta. Al fin y al cabo, era un militar español, esa cosa tan casposa y tan antigua. El café me sabe a rayos y me vuelvo a mi mesa. Oigo a mi espalda como la conversación recupera volumen y alegría, uno a seis en Gijón, ja tenim equip, menuda goleada...
Llevábamos 45 minutos de espera en hora punta. Las calles vomitaban niños en los colegios y la gente quería trabajar. Cuando subimos al autobús y preguntamos la causa de retraso, el chófer, histérico, nos mandó enviar un email al alcalde. Aún suerte que no nos pegó dos leches, o nos envió a tomar por culo. Dijo, gritaba en realidad, que el alcalde había ordenado reducir el número y frecuencia de los autobuses porque ahora la gente tiene bicis, y los putos carriles para bicis, y no hace falta ya tanto transporte público rodado. Ronco y hastiado nos confiesa que no puede más, que nos quejemos los usuarios, porque ellos no pueden hacer nada, que no les hacen ni caso y tienen miedo.
La cafetera está hasta los topes. Siguen hablando de lo mismo de siempre, Barça y Catalunya, como si nada más importara en el mundo. Nadie nombra al asesinado más reciente. La ETA, esa fuerza de la naturaleza nacionalista, no levanta odios sino envidias. La fascinación por lo vasco y por su violencia es tan evidente, tan generalizada, que casi me hace llorar. Cuando sale el tema finalmente, y uno se lamenta por la sangre asquerosamente derramada, sólo recibe indiferencia y cuatro miradas condescendientes por respuesta. Al fin y al cabo, era un militar español, esa cosa tan casposa y tan antigua. El café me sabe a rayos y me vuelvo a mi mesa. Oigo a mi espalda como la conversación recupera volumen y alegría, uno a seis en Gijón, ja tenim equip, menuda goleada...
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